La llave del Sepulcro
Ciertamente podemos pararnos a temblar cuando contemplamos el panorama de aquello que nos rodea. Para el mundo actual esta semana que pasó ha sido difícil: dos ataques terroristas, uno en oriente y otro en occidente, continúan las pugnas por la separación revolucionaria de Cataluña, en Colombia se aprueba la eutanasia para menores de edad, el asombroso y terrorífico avance del Halloween, que sigue siendo una fiesta comercial que disimula un culto al demonio impulsando una anticultura de lo obscuro, siniestro y horrendo, cuando Dios es la luz, la belleza y la bondad, la celebración de los 500 años del protestantismo desde dentro de la Iglesia y las controversias que ha llevado el que algunas autoridades católicas lo festejasen también, la noticia de un teólogo cesado de sus funciones por escribir su opinión ante el pontificado del Papa Francisco, el rechazo de la ONU a reconocer los derechos de los nonacidos, un tiroteo con 26 muertos en una iglesia cristiana en Texas, Estados Unidos y esta mañana el susto de un grito terrorista en un colegio en España... En fin, todo un cúmulo de desgracias subsanadas por la festividad litúrgica de Todos los Santos y de todos los fieles difuntos que por fortuna mantiene su vigor dentro de la Iglesia.
Esta ola de incertidumbre, de descontento, violencia y confusión, ciertamente es apenas un aspecto de la gran decadencia moral y social que caracteriza al tercer milenio.
Lejos de tener una mirada que trascienda los elevados misterios celestiales que implican la Salvación y la Redención de toda la humanidad por medio de la Resurrección de Nuestro Señor, muchas veces como católicos preferimos un aire pesimista, dejándonos arrastrar ya sea por el deseo de vivir aislados del combate espiritual o simplemente por dejarnos vencer por nuestras propias dificultades frente a las elevadas vocaciones que suscita Dios en un mundo que necesita de auténticos santos para salvarse del abismo.
Podemos hacer una analogía entre los tiempos actuales y el momento posterior a la Crucifixión de Nuestro Señor. Ciertamente, en el secularismo malsano en el que vivimos, Jesucristo ha padecido la agonía de la cruz, y nosotros podemos tomar las actitudes de cada uno de los personajes de ese momento, entre los cuales se destaca la Santísima Virgen, como corredentora y fiel modelo para vivir el sufrimiento.
Sin embargo, quisiera que nos centráramos en un pasaje poco conocido, pero de gran riqueza:
Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamarle. Y muy de madrugada, el primer día de la semana, a la salida del sol, van al sepulcro. Se decían unas otras: «¿Quién nos retirará la piedra de la puerta del sepulcro?» Y levantando los ojos ven que la piedra estaba ya retirada; y eso que era muy grande."
San Marcos 16, 1-4
Lo primero que salta a la vista es que estas piadosas mujeres no siguieron el ejemplo de todos los demás apóstoles ese día de la Resurrección. Ciertamente no se trata de una desobediencia o un deseo de sobrepasarlos, sino que, viendo las dificultades en que se hallaban (con Judas ahorcado en su pecado, Pedro que le había negado y todos los demás escondidos por miedo a los judíos) en vez de unirse con pánico a sus miedos, tomaron la iniciativa de hacer lo que debían hacer: ir a embalsamar el cuerpo de Jesús como lo manda la ley judía. Primer paso acertado de estas santas mujeres: a pesar de que todos se echan para atrás por desánimo o por miedo, ellas salen con valentía sabiendo que en esa ley está la voluntad de Dios. La lógica dice: Dios puso esa ley, Jesús murió, Dios sabía que Jesús iba a morir y que nuestras vidas correrían riesgo por cumplir la ley, aun así puso esa ley, por lo tanto hay que confiar en que el Dios que puso esa ley nos cuidará para cumplir la ley.
¡Cuánta fe! ¡Qué admirable valentía! ¡Qué dolor al saber que en la dificultad nuestra actitud es la huida o la queja! Es sobre esa obediencia que se construye la historia divina.
Pensémoslo, estas mujeres sabían que tenían esta labor, pero no tenían idea de cómo iban a cumplirla puesto que la piedra del sepulcro era inmensa. ¿Cuál fue su actitud? La confianza.
Si Dios nos envía a hacer algo, Él pone los medios. Una confianza ciega no es una confianza tonta. Ciertamente esas mujeres iban pidiendo al cielo entre sus preguntas para que encuentren a una persona que les ayude o tal vez iban resignadas a no encontrar ayuda, pero eso no las detuvo.
Cuántos de nosotros frente a una situación “taponada” como el sepulcro recurrimos a confiar en Dios. Cuántos decidimos darle la espalda tratando de convencernos que “Dios no quiere eso para mí, es muy difícil, implica mucho sacrificio”. Cuántos nos quejamos ante Dios como un Jonás que logra la conversión de un pueblo y sigue ciego a la voluntad divina.
De este modo, cuando miramos la sociedad actual, con sus luchas, sus decadencias, cuando vemos incongruencias en la Iglesia, brechas de confusiones y de división, cuando sentimos el peso de la persecución por llevar nuestra fe, levanta los ojos y mira que la piedra está ya retirada.
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| Sepulcro de Jesús, Basílica del Santo Sepulcro, Jerusalém |
No sigas el camino de los mediocres, que prefieren las diversiones mortíferas en vez de empuñar la espada de la fe. No sigas ni siquiera a aquellos que dicen servir y amar a Dios, pero que en la dificultad no hacen nada más que buscar atajos, o que se esconden hasta que pasa la tormenta. No sigas a aquellos que, como Pedro, buscan decirle a los demás “yo jamás le negaré” mostrando en ese tufo de soberbia la gran decadencia de su corazón. Sigue, querido lector, la confianza de estas santas mujeres, el ser un "bicho raro" aún entre los tuyos para romper esquemas saliendo al encuentro con Dios, siempre en el marco de los mandamientos, las normas y las buenas costumbres. No con altanería o rebeldía sino con determinación siguiendo el mandato más importante: “Sean Santos como su Padre en el cielo es Santo.” (Mt 5,48)
En la medida que veamos la grandeza de nuestra vocación, que parte de las cosas sencillas bien vividas, pero que es capaz de irradiar la luz de Cristo a todas las naciones, en la medida en que nos convenzamos de que nuestra santidad puede y debe cambiar el curso de la humanidad, es que podremos alcanzarla. Miremos el ejemplo de los santos.
Si Santa Teresita del Niño Jesús hubiera seguido la relajación de su convento a pesar de la gran vocación a la que fue llamada, tal vez no sólo no sería santa, sino que la Iglesia no tendría el caminito tan bellamente trazado por ella.
Si el Santo cura de Ars hubiera seguido el ejemplo de sus hermanos sacerdotes corrientes, sumidos en las preocupaciones parroquiales y concentrados en acomodarse en todo, en vez de llevar la mortificación y la oración a grados heroicos, que sería de Francia, que sería de tantas almas salvadas, sabiendo que el demonio le dijo en un exorcismo que, si existieran 3 sacerdotes como él, su reino diabólico estaría perdido.
Si el pequeño San Juan Diego hubiera esperado a que la Señora del Tepeyac consiguiera a otro para enviarle su mensaje al obispo o hubiera pensado, hay tantos mejor preparados que yo, que lo hagan ellos, ¿qué sería de la fe en este continente?
Entonces, la historia está marcada por aquellos que no temen ser raros con tal de ser santos, por aquellos que confían plenamente en el llamado que Dios les dio, por aquellos que no se comparan con los vecinos para saber en qué debo luchar y en qué debo descansar, sino que se lanzan con valentía y con la seguridad de que Dios no los llamó en vano ni para cosas vanas y que su confianza no se verá defraudada, pues sólo la confianza expresada en la oración, obrará el milagro.
No sólo que les abrió el sepulcro, sino que les valió el encuentro con Cristo Resucitado, con el Amor vivo y verdadero. Fue la confianza y la valentía lo que les valió escoger “la mejor parte. Y nadie se la quitará.” (Lc 10, 42)

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