Año nuevo: Fátima y un propósito
El año 2017 estuvo cargado de grandísimas conmemoraciones a los más diversos acontecimientos de la historia; los 500 años de la reforma (deforma) luterana, sumado al centenario de la revolución comunista rusa y, en un misterioso designio, también el centenario de las apariciones de la Santísima Virgen en Fátima.
Aparentemente simples coincidencias, pero para una mirada cargada de fe son acontecimientos donde se presentan con suntuosas pompas dos grandes bandos, el de la Mujer y el de la serpiente (cfr. Gen 3,15), el de los hijos de la luz y los hijos de las tinieblas (cfr. Lc 16, 8):
- La proclamación del cisma más grande que ha visto la Iglesia Católica en Occidente a manos de uno de sus hijos, el infiel y perturbado Lutero.
- El nacimiento de una revolución atea y anticristiana en la teoría y en la práctica, fuente y motor de sangrientas guerras, matanzas y persecuciones. Sus mentiras han dejado huella en América y en el mundo; hoy en el Ecuador aún adolecemos de ellas. Lastimosamente, sus engaños también se han filtrado como el humo de Satanás dentro la Iglesia.
- Finalmente, el faro, la luz, la esperanza: una grandiosa Señora del cielo que visita a unos pobres pastorcitos en Cova de Iría llevando esperanza y un mensaje de grandísima conversión:
“No ofendáis más a nuestro Señor, que ya está muy ofendido.”
Cuánto hemos recordado estos acontecimientos, cuántos momentos más no hemos vivido nosotros en nuestra vida cotidiana durante este año que terminó, pues el inicio de un nuevo año siempre es momento para mirar las acciones que quedaron atrás, muchas de las cuales ahora son grandes recuerdos, otras que vienen acompañados de golpes de pecho y melancolía.
Sin embargo, esa es la vida del cristiano: entre la alegría y la cruz, entre el Tabor y el Calvario. No nos engañemos, querido lector, nunca habrá en este valle de lágrimas tiempos perfectos, días perfectos, años perfectos….
Lo que sí hay son nuevas oportunidades otorgadas por la Misericordia infinita de Dios.
Al comenzar un nuevo año, bajo la fiesta litúrgica de María Madre de Dios este primero de enero y que en el Ecuador es día de precepto, esto es, día de obligatoria asistencia a la Santa Misa, comenzamos un año cargado de esperanza cristiana, cargada de anhelos de realización.
Pero nunca podemos olvidar que, como creyentes, nuestra más grande realización es la santidad.
Así como el niño crece y se hace un hombre, así el cristiano está llamado a ser santo, y del mismo modo que un cuartel es la preparación para la vida militar, el mundo es para el cristiano la preparación de la vida eterna junto a Dios. Se trata de un mandato divino ineludible: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt. 5,48).
¿Cómo lograrlo? Los medios para vencer el pecado y acoger la gracia están allí: los sacramentos, la devoción a María Santísima y a los santos, las enseñanzas de la Iglesia, la oración y la santa piedad cristiana, donde se destaca el rezo del Santo Rosario diariamente, como fue pedido por la Virgen en Fátima.
Hoy se nos presenta una nueva oportunidad, un nuevo ciclo en nuestra vida al cual podemos responder con propósitos legítimos, pero que sean más trascendentes que los acostumbrados.
Hoy podemos ponernos un propósito para este año que empieza que dure más que los placeres pasajeros, que llene nuestro corazón de realización y deseos de vivir. Un propósito que no nos deje sabor amargo ni del cual debamos arrepentirnos en algún momento de nuestra vida.
Te invito, lector, al propósito de la Santidad.
Este propósito de año nuevo puede ir acompañado de planes concretos en nuestra vida cristiana: trabajar una virtud, leer una vida de un santo, ser más frecuentes en la asistencia a la Eucaristía, y, por qué no, empezar el año con una buena confesión sacramental.
Ya lo decía un gran santo, para qué escarbar el suelo como las gallinas si hemos sido llamados a rozar el cielo como las águilas…
Y qué mejor medio para hacernos este sublime propósito de santidad que encomendarnos a Aquella que gestó en su vientre al Santo de los Santos.
Así como estuvo presente Nuestra Señora durante todo este centenario de sus apariciones en Fátima, queremos iniciar un nuevo año recordando unas de sus dulces palabras comentadas por Plinio Correa de Oliveira, un varón fidelísimo a Dios y a la Iglesia Católica e hijo predilecto de esta sublime señora:
“Nuestra Señora reveló en Fátima, durante su segunda aparición el 13 de junio de 1917, a Lucía, Francisco y Jacinta:
“Jesús desea usarte para hacerme conocer y amar. Él desea establecer la devoción a mi Inmaculado Corazón en el mundo. Prometo la salvación a aquellos que la abrazan; y estas almas serán amadas de Dios como flores arregladas por mí para adornar Su trono”.
Lo que dice Nuestra Señora acerca de la devoción a su Inmaculado Corazón es asombroso. Ella promete formalmente el Cielo a todos los que practican esta devoción. No hay dos interpretaciones, ella es muy clara: a los que abracen la devoción a su Inmaculado Corazón, promete la salvación.
Esta promesa fue hecha a Lucía, Jacinta, Francisco y, a través de ellos, a toda la humanidad. Esto vale para todo los que quieran aprenderla en los próximos años. Así, dondequiera se anuncie, se hace esta promesa. Por ejemplo, al hablar de ella en este exacto momento, esta promesa se está haciendo.
Entonces, ¿qué estamos esperando? ¡Aceptemos de inmediato! Es Nuestra Señora quien hace esta promesa. Es como si nos dijera: “Apresúrate a abrazar esta promesa. Te amaré mucho más por ello. ¡Ven!’
Es como si Nuestra Señora estuviera esforzándose por pensar en nuevas maneras de atraernos al Cielo. Pero hay un miserable algo en el hombre moderno que lo hace impermeable incluso a las promesas más magníficas. Él preferiría más confiar todo a una póliza de seguro de vida que a una promesa como esta.
Ahora, consideren la hermosa comparación que hace Nuestra Señora: dice que aquellas almas que abrazan la devoción a su Inmaculado Corazón serán colocadas junto al trono de Dios en el Cielo, como una dama pone flores ante un altar cerca del Santísimo Sacramento.
¡Qué magnífico pensamiento! Imaginar nuestra alma colocada cerca de Dios como si fuera una flor! ¿Se puede comparar algo con eso? Sin embargo, la gente oye esto y se mantiene indiferente…”*

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