La música y la vida sobrenatural

Desde siempre la Iglesia ha entendido que existe una relación directa entre la vida sobrenatural y las acciones y acontecimientos cotidianos. Dios que es infinito, eterno e inmutable ha dejado su huella hasta en el más pequeño aspecto de la creación, de modo que la naturaleza y la vida humana constituyen una parte generosa de la revelación divina, encaminada a nuestra santificación y salvación. 

Admirados por la maravilla de la naturaleza, de la armonía y perfección de las leyes de la física, la biología y de todas las ciencias, así como de la profundidad del pensamiento, la moral y la razón humana podríamos fácilmente concluir en la existencia de este Ser supremo, como incluso muchos filósofos griegos lo hicieron milenios antes de Cristo. Es por esto que la Biblia nos enseña: "El necio ha dicho en su corazón: No hay Dios" (Sal 14, 1).

Sin embargo, no basta con conocer a Dios, sino que debemos dejarnos maravillar por Él. Es por esto que Jesús en el Evangelio nos enseña sobre el Reino de los Cielos en parábolas, como hemos escuchado estos días en la liturgia diaria. En base a ellas, también nosotros queremos proponer una analogía que, aunque imperfecta, nos puede ayudar a comprender nuestra fe.

Tomemos el ejemplo de una melodía, una producida por un piano, en este caso.



Es necesario un nivel alto de destreza y práctica para arrancar de este instrumento obras como la quinta sinfonía, "Liebestraum" u otras parecidas en lo cautivador de sus melodías. Tal vez no habrá nadie que las ejecute tan maravillosas piezas como el autor de las mismas. Sin embargo, aquel que pretenda aprenderlas debería destinar un tiempo considerable como preparación para ejecutarlas, estudiando sus partituras y practicando constantemente. De seguro que necesitará la ayuda de un maestro que conozca el instrumento, la pieza y al alumno. Un maestro que por su experiencia en la enseñanza pueda, con paciencia y delicadeza, mostrar el camino a su pupilo.


La vida espiritual es muy semejante a una melodía. Cada una de nuestras vidas tiene un plan trazado por Dios con antelación, una partitura. Este plan es conocido y explicado por la teología bajo el nombre de "vocación". No es sólo aquella que implica un estado de vida (matrimonio, vida consagrada) sino la que es la más elevada y accesible a todos: la vocación a la santidad propia, la misma que se entiende como un modo de vida en particular, trazada de manera distinta para el alma de cada uno. "Conocer, servir y amar a Dios" con cada acto diario y cotidiano, sublimado por la caridad en el estado de vida que Dios nos ha dado.

Esta es la melodía del alma, la sinfonía que compuso el Dios de infinita bondad. Una melodía armoniosa y sublime que es el deleite de los ángeles y la música que envuelve el trono celestial. 

Lastimosamente, pocas veces la melodía de nuestra vida suena como el autor la concibió. Nuestras faltas y pecados son notas equivocadas, golpes que propinamos a ese instrumento que exhala sonidos disonantes y desastrosos, semejantes a los aullidos de un alma que agoniza bajo el yugo del pecado. A veces nuestros silencios son también tan culpables como los malos sonidos. Cuando debimos hablar para defender, corregir o exponer la verdad y no lo hicimos. 

De igual modo, la santidad exige tanta fidelidad que tan sólo incurrir en nuestro querer y voluntad en ciertos aspectos, dejar de lado una renuncia pedida por Dios o evitar un sacrificio propio de nuestro estado de vida sería como saltarse una nota de dicha melodía o equivocarse por una tecla del piano. La ejecución de una obra exige perfección y la perfección no la alcanzamos llevando una vida mediocre, la de un músico que se conforma con tocar bien la mitad de la partitura y, por ende, nunca llegará a una sala de concierto.

La santidad consiste en ejecutar la partitura de nuestra vocación con fidelidad total al designio del divino Autor, con las notas, silencios y acordes según Él dispone.

No hay mayor alegría en el cielo y en la tierra que la perfecta ejecución de dicha partitura. 

Lastimosamente, nuestra debilidad humana es grandísima y nuestros pecados acentúan nuestras malas inclinaciones, de modo que podemos parecer auténticos bueyes frente a un piano, según la sabiduría popular, cuando se busca entonar la melodía de nuestra santificación.

Es por eso que el divino Artista nos ha puesto una Maestra, experta en dichas melodías, la que mejor ha ejecutado la obra de su santidad sin errar en absolutamente nada, la Reina de los Santos, Reina de los Apóstoles, María Santísima. Como buena Madre y conocedora de la melodía celeste, tan sólo ella es capaz de guiarnos con paciencia y ternura por las notas que corresponden, enseñándonos el camino y la vocación que Dios nos ha preparado.

Habiendo completado esta analogía, quisiera preguntarle, querido lector, ¿cómo está su melodía? ¿Hay actualmente notas que desentonen, que no encajen, sufrimientos que parecen sin sentido o proyectos cuya ejecución parece imposible? ¿Ha probado volver a ver la partitura de su vida cuando por su cuenta propia no alcanza esa felicidad, esa realización que su corazón anhela? ¿Ha volteado a preguntar a la Maestra de la Vida Mística, la Madre del Creador como debería sonar aquella melodía? ¿O acaso la soberbia le ha cegado haciéndole creer que no necesita de Dios ni de su Madre? ¿Querría usted enfrentarse sólo a la titánica tarea de tocar una obra complicadísima esperando el aplauso y la aprobación de todos por un concierto mediocre? ¿No sería más fácil el seguimiento de la partitura y la enseñanza de tan sublime Maestra en vez de arriesgarse a fallar por improvisar?

La Iglesia nos propone grandes medios concretos para entonar la melodía: vivir en estado de Gracia santificante por medio de la confesión frecuente, la Eucaristía, tanto en la recepción del sacramento en la comunión como la adoración eucarística, alimentar la devoción por la Santísima Virgen, sobretodo mediante el rezo del Santo Rosario, de ser posible todos los días, la lectura asidua de los Evangelios, la práctica de la penitencia y la mortificación cristiana, ...

Una cosa es segura; aquel que logra la ejecución perfecta de su obra, ese es el hombre más feliz sobre la tierra: el santo.

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