Virtudes Desconocidas: la Combatividad Cristiana
El ser humano tiene como fin último en esta vida “conocer, servir y amar a Dios”. Esta finalidad es imposible de cumplir sin el auxilio de la gracia divina, que tiene su máxima expresión en el bautismo, el cual nos abre a esta vida de la gracia, por medio del regalo más grande de Dios a la creación: la Redención de nuestro Señor Jesucristo por medio de la Cruz.
El bautismo infunde en el alma toda una serie de gracias y virtudes de impresionante valor, nos imprime una certeza de Dios y de las cosas divinas. En palabras de San Pablo: "Por lo demás, hermanos, fíjense en todo lo que encuentren de verdadero, noble, justo, limpio; en todo lo que es fraternal y hermoso; en todos los valores morales que merecen alabanza." (Fil 4, 8)
El alma del bautizado tiene en sí misma nociones de esta belleza y pureza de proviene de Dios, cuya visión lastimosamente se opaca y difumina por la desgracia del pecado. Sin embargo, para quienes corresponden a esta gracia, se crea en el alma no sólo una búsqueda profundísima de la verdad, la belleza y el amor, sino que brota un sentimiento de indignación contra aquello que atente contra esos valores cristianos: “cuando tenemos enteramente claro en nuestro espíritu qué es el bien y cómo debe ser algo para poder considerarlo bueno; y cuando tenemos esa noción llevada hasta el punto de la sublimidad, comprendiendo la expresión más alta del bien con respecto a eso, nace entonces un deseo en pos de la defensa de esta idea.” Esta noción del alma lleva el nombre de intransigencia.
Intransigencia y combatividad
Esta actitud de cristiana intransigencia hace brotar en el alma, en conjunto con el don de la fortaleza infundida en el sacramento de la Confirmación, una virtud poco conocida y muchos menos predicada a la cual dedicaremos esta entrada: la virtud de la combatividad.
El profesor Plinio Correa de Oliveira menciona que “la combatividad es una consecuencia de la intransigencia. Quien es enteramente intransigente debe querer el exterminio completo del mal que tiene delante de sí. De lo contrario, no será intransigente. Por eso, el deseo de extinguir aquel mal debe llenar su vida como un verdadero ideal, sin descansar mientras no haya liquidado aquel error que, de hecho, quería liquidar.
Surge, entonces, la combatividad, es decir, el deseo de eliminar el mal efectivamente, sin dejar vestigios ni raíces, de tal manera que nunca más pueda renacer. Derrotar el mal hasta el punto de avergonzarlo, causando a quien contemple esa derrota un horror al mal y un amor al bien aún mayores. Esa posición es, propiamente, la combatividad, hija de la intransigencia.”
La virtud de la combatividad es entonces una característica fundamental del alma bautizada. Es un deseo sublimado de exaltar la bondad divina y de combatir con todas las fuerzas el mal que quiere opacar esa bondad. La combatividad no es más conocida ni vivida porque nos situamos en una sociedad conformista e igualitaria, donde no hay valores ni nociones absolutas, sino relativas. La combatividad rasga en dos con el laicismo y la mediocridad de las almas confundidas. Es un grito de guerra santa en medio de un gallinero.
La combatividad y las escrituras
Habrá quienes, incluso entre gente de fe, que quiera argumentar que Dios es bondad y compasión, por lo tanto, la combatividad nunca podría ser una virtud cristiana. ¡Cuán confundidas están esas pobres almas! Si no salen de ese error serán prontamente arrastradas por el enemigo.
A lo largo y ancho de las escrituras se puede ver la semilla de esta virtud:
- "¿No es una milicia lo que hace el hombre en la tierra?" (Job 7, 1)
- "¿No te he mandado que seas valiente y firme? No tengas miedo ni te acobardes, porque Yahveh tu Dios estará contigo dondequiera que vayas." (Jos 1, 9)
- "Queridos, tenía yo mucho empeño en escribiros acerca de nuestra común salvación y me he visto en la necesidad de hacerlo para exhortaros a combatir por la fe que ha sido transmitida a los santos de una vez para siempre.” (Ju 1, 3)
- “Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas." (Ef 6, 12)
- "No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual serán los que conviven con él." (Mt 10, 35-37)
- "Tú, pues, hijo mío, manténte fuerte en la gracia de Cristo Jesús y cuanto me has oído en presencia de muchos testigos confíalo a hombres fieles, que sean capaces, a su vez, de instruir a otros. Soporta las fatigas conmigo, como un buen soldado de Cristo Jesús. Nadie que se dedica a la milicia se enreda en los negocios de la vida, si quiere complacer al que le ha alistado." (II Tim 2, 1-4)
Características de la combatividad
Habiendo demostrado la naturaleza bíblica de esta virtud, sólo hace falta hacer una precisión más. Como dice san Pablo, este combate espiritual no se trata de una lucha material, de armar una revolución o de degollar a quienes no acepten nuestra fe o faltar a la caridad. La combatividad es una disposición interna del alma. Como toda virtud, debe nacer de un deseo profundo del corazón del hombre para luego desbordarse como actos exteriores concretos, de otro modo sería una falsa virtud, una hipocresía que alimente la soberbia espiritual.
La combatividad no se contrapone con el amor, sino que lo complementa, puesto que le quita el malsano sentimentalismo a la caridad y le da la fortaleza para ejercerla por medio de la corrección y el consejo. Una auténtica combatividad se plantea entre el respeto y la caridad. Demasiado respeto y poca caridad se desnaturaliza en un autoritarismo, una dictadura, convirtiendo a la persona en un brabucón y un belicoso. Demasiada caridad y poco respeto se pierde la noción del amor verdadero y se crea una dependencia, un apego; se rebaja lo sublime del combate a un sentimiento banal y perecible.
Combatividad interna y externa
La combatividad tiene tres enemigos a muerte, los del alma: el mundo, el demonio y la carne. Pero de los tres hay uno que es el más terrible de todos porque su combate es perpetuo: la carne o las malas inclinaciones. ¡Dormimos con nuestro peor enemigo! Por lo tanto, los efectos de la combatividad deben residir en lo interno del alma.
La combatividad hacia el interior, se ejercerse por medio de la mortificación cristiana, del vencimiento propio, de trabajar asiduamente por conseguir una virtud: "lo mismo el atleta; no recibe la corona si no ha competido según el reglamento." (II Tim 2,5). Esta lucha interior es la más terrible; combatimos contra tres Goliats: el “Yo-Soberbio”, el “Yo-impuro” y el “Yo-perezoso”. La combatividad es como un iceberg, puesto que nuestros mayores esfuerzos deben ser una lucha interna, escondida para los demás, superada por mucho al montículo que sobresale al exterior.
De este modo, la combatividad interna produce también orden en el alma, lo que profundiza nuestra madurez cristiana. Nos ayuda a darnos combate, a no ser perezosos para el apostolado sino al contrario, a buscar en nuestra alma esa noción de belleza por la que luchamos, que mi alma sea la primera en glorificar a Dios. Es el martillo que forja el alma como una espada, ablandada ya por el ardor de la caridad.
Fruto de esta interna combatividad brota la actitud externa del alma combativa. El rechazo al pecado en todas sus formas, y a toda tentación u ocasión de pecado. Es el movimiento del alma descrito por nuestro señor: “Vigilad y orad” (Mt 26, 41). La combatividad como buen centinela, es capaz de alertarnos de un peligro y de darnos la fortaleza de contraatacar esa tentación o huir con valentía y la gracia de Dios intacta en el corazón.
La combatividad es enemiga a muerte de los respetos humanos. Es el impulso de la voz del profeta que denuncia el pecado y clama a la conversión. Se vuelve como un volcán en el alma de quien la procura, dándole un impulso apostólico desconocido hasta entonces.
También tiene la capacidad de hacer huir la tristeza y la melancolía, puesto que despierta al alma triste para ponerla en el campo de batalla, donde el zumbar de las balas enemigas no da tiempo para mirarse el ombligo ni llorar por la leche derramada, sino que la despierta lista para la batalla y nos brinda gran fuerza para vencer el abatimiento por un ideal mayor.
La combatividad y el sufrimiento
Hemos visto algunas características de la combatividad en su forma activa, sin embargo, de forma pasiva esta virtud no deja menores frutos en el alma.
Por ejemplo, la combatividad pasiva nos ayuda a soportar con paciencia las tribulaciones propias de la vida cotidiana y las del combate espiritual. La tribulación cae sobre el alma combativa como un gran peso sobre un resorte. Mientras más agudo sea el dolor y más aplaste esa pobre alma, más pronto se verá libre de ese peso y con más fuerza se levantará cuando Dios permita el paso de esa cruz.
La combatividad también nos brinda un fruto importantísimo para la tribulación: la entereza del alma. La combatividad tiene la capacidad de compactar todos los dones, virtudes y méritos en un alma hasta hacerlos duros como un mármol. Cuando una ventana es alcanzada por un proyectil, el frágil vidrio, al igual que esas almas débiles y excesivamente sensibles, se quiebra por completo, queda hecho añicos y no sirve más para nada. Mientras que, el mismo proyectil dirigida contra un bloque de mármol no lo quebrará ni lo destruirá. Tal vez logre arrancar pequeños pedazos de este, al igual que un escultor que confía en la entereza del mármol para cincelarlo y hacer de él una escultura sublime, cosa que sería imposible con un cristal o peor, con simple arena.
Dado que los sufrimientos y tribulaciones no faltan en la vida cotidiana y menos aún en la vida del cristiano, conviene que admiremos y pidamos con mayor fervor esta virtud para el combate diario. No basta con sufrir, sino que debemos aprender a sufrir como Dios quiere.
El alma bautizada es como el instrumento que suena bello con el golpe o rozar de unas cuerdas. Pensemos en un violín, que de no estar tensa la cuerda según cierta presión, el sonido que producirá sería miserable. También un piano de cola debe tener cuerdas internas resistentes y tensas para el golpear de los pequeños martillos que componen las teclas. Esa es la función de la combatividad en el alma, tenerla bajo cierta tensión y expectativa, lista para reaccionar ante una acción de la gracia divina y producir los efectos que esta le pide.
La Santísima Virgen María, la Consagración y la combatividad
Las almas consagradas por la espiritualidad de la Esclavitud Mariana, del Tratado de la Verdadera Devoción, tienen una gracia sublime para conocer, vivir y actuar conforme a esta preciosísima virtud. A continuación, sólo expondré la sección del Tratado que recoge la virtud de la combatividad en los llamados apóstoles de los últimos tiempos [1]:
[56] Pero, ¿qué serán estos servidores, esclavos a hijos de María? Serán fuego encendido, ministros del Señor, que prenderán por todas partes el fuego del amor divino.
Serán flechas agudas en la mano poderosa de María para atravesar a sus enemigos: como saetas en mano de un valiente (Sal. 127, 4). Serán hijos de Leví, bien purificados por el fuego de grandes tribulaciones y muy unidos a Dios. Llevarán en el corazón el fuego del amor, el incienso de la oración en el espíritu y en el cuerpo la mirra de la mortificación. Serán en todas partes el buen olor de Jesucristo (cfr. 2 Cor. 2, 15-16) para los pobres y sencillos; pero para los grandes, los ricos y mundanos orgullosos serán olor de muerte. [57] Serán nubes tronantes y volantes, en el espacio, al menor soplo del Espíritu Santo. Sin apegarse a nada ni asustarse, ni inquietarse por nada, derramarán la lluvia de la Palabra de Dios y de la vida eterna, tronarán contra el pecado, lanzarán rayos contra el mundo del pecado, descargarán golpes contra el demonio y sus secuaces y con la espada de dos filos de la Palabra de Dios traspasarán a todos aquellos a quienes sean enviados de parte del Altísimo. [58] Serán los apóstoles auténticos de los últimos tiempos. A quienes el Señor de los ejércitos dará la palabra y la fuerza necesarias para realizar maravillas y ganar gloriosos despojos sobre sus enemigos.
(…)[59] Por último, sabemos que serán verdaderos discípulos de Jesucristo. Caminando sobre las huellas de su pobreza, humildad, desprecio de lo mundano y caridad evangélica, enseñarán la senda estrecha de Dios en la pura verdad, conforme al Evangelio y no a los códigos mundanos, sin inquietarse por nada ni hacer acepción de personas, sin dar oídos ni escuchar ni temer a ningún mortal por poderoso que sea.
Llevarán en la boca la espada de dos filos de la Palabra de Dios, sobre sus hombros el estandarte ensangrentado de la cruz, en la mano derecha el crucifijo, el Rosario en la izquierda, los sagrados nombres de Jesús y María en el corazón y en toda su conducta la modestia y mortificación de Jesucristo.
Tales serán los grandes hombres que vendrán y a quienes María formará por orden del Altísimo para extender su imperio sobre el de los impíos, idólatras y mahometanos. Pero, ¿cuándo y cómo sucederá esto?... ¡Sólo Dios lo sabe! A nosotros toca callar, orar, suspirar y esperar: Yo esperaba con ansia (Sal. 40, 2).
“¿Cuál es la relación entre lo expuesto hasta aquí y la Inmaculada Concepción y la devoción a Nuestra Señora?”[2] se pregunta Plinio Correa de Oliveira, varón devotísimo de Nuestra Señora y modelo del devoto, cuya respuesta recogeremos en virtud de la celebración de la Iglesia por las apariciones de Nuestra Señora de Lourdes en este día, 11 de febrero:
“Nuestra Señora, siendo concebida sin pecado original, no tenía en sí absolutamente nada de malo. Y poseía, en esta Tierra, todas las facilidades para dar una correspondencia perfecta en todo momento a la gracia de Dios. De tal manera que en Ella la grandeza natural y la grandeza sobrenatural entraban en una fusión, en una armonía profunda y estupenda.
En consecuencia, la Santísima Virgen estaba dotada, como nadie, de una elevadísima noción de la gloria y de la santidad de Dios, de la obligación que tienen todas las criaturas de dar gloria a Dios; y, por esa causa, de un altísimo horror a aquello que el pecado representa. De donde una combatividad acendrada1, en el sentido de execrar toda forma de mal.
Comprendemos así, por qué Nuestra Señora es comparada a un ejército en orden de batalla: castrorum acies ordinata2. Y también la razón por la cual se dice de que Ella sola exterminó todas las herejías en toda la Tierra: es exactamente porque María Santísima es el modelo de la intransigencia y de la combatividad, virtudes que podemos comprender mejor a través del privilegio de su Concepción Inmaculada.
Al conmemorar, pues, la Inmaculada Concepción de María, debemos pedir un altísimo grado de amor que nos lleve a querer ser intransigentes de un modo insondable, hasta un punto inconcebible.
Me acuerdo que Santa Teresita del Niño Jesús, en la "Historia de un alma", manifiesta el pesar que sentía de no poder ser un guerrero que estuviese manejando la lanza contra los enemigos de Dios hasta los confines de la Tierra. ¡Así es el alma de un santo! Quiere verdaderamente combatir en todos los lugares, en las formas más adecuadas y legítimas de combate.
Por lo tanto, debemos pedir hoy ese destello de combatividad unido a la santidad, correspondiente a la forma especial de pureza de aquellos que verdaderamente son hijos y procuran tener el espíritu de Nuestra Señora.”
[1] San Luir María Grignon de Monfort: Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen María.
[2] Revista Dr. Plinio, No. 189, diciembre de 2013, p. 10-13, Editora Retornarei Ltda., São Paulo - Extraído de conferencia del 8.12.1966: Recuperado en http://es.arautos.org/view/viewPrinter/84029-la-inmaculada-concepcion-intransigencia-y-combatividad

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