Jueves santo, a la mesa con el Maestro
Las celebraciones de la Semana Santa, que conmemoran la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor, son un excelente medio para despertar la conciencia de tantos católicos tibios y apartados de la Iglesia, así como de espantar definitivamente esa concepción dulzona, melosa y sentimentalista de la fe. La fe del sentimiento, la fe de la comodidad, la fe individualizada donde el propio fiel se encierra y es un remedo de Tradición, Magisterio y Escrituras para sí mismo y para su conveniencia.
¡Ya no más! ¡Ya no más conciencias entorpecidas por el laicismo de nuestro país! ¡Ya no más católicos que prefieran la delicia de unas vacaciones gulosas y perezosas a acompañar devotamente la vía dolorosa que vivió Jesús y que se conmemoran en el marco de estas celebraciones!
Es por eso que compartimos para nuestros lectores una pequeña reflexión, ni la mejor ni la única, sobre lo que significa esta conmemoración de la Iglesia Universal de aquel que dio la vida por sus amigos.
Buscamos que sea una reflexión basada en el amor de Nuestro Señor hacia la humanidad, no encontramos mejor manera de concebir ese amor desde su continua entrega a pesar de las infidelidades. Por lo que, hablando de nuestras infidelidades, es como conocemos lo profundo de su amor por nosotros. Prosigamos entonces.
La celebración del Jueves Santo
Durante la celebración del Jueves Santo, conocida como la del lavatorio de los pies, se conmemora de manera particular la Última Cena (Mt 22, 17-30 ; Lc 22, 7-23), donde se instituyó el sacerdocio en los Apóstoles y también la Eucaristía, por primera vez celebrada.
También fue el momento de la traición de Judas, donde ese corazón duro ya tenía planeada su venta. Resistiéndose a cada momento a la amorosa llamada de su maestro que le lavó los pies y le invitó a comer en su mesa, dándole el mayor regalo que Dios pudo hacer a la humanidad: su presencia real en la Eucaristía.
La figura del maestro y la figura del traidor. En una misma sala se juntaron la Bondad y el odio corruptor, el Amor abnegado y la codicia del corazón humano, la llamada amorosa del Padre y la obstinación del hijo en hacerle (y en hacerse) daño. ¿Y qué decir de nosotros? Débiles criaturas que no sabemos valorar la Eucaristía dominical y la relegamos a la última hora del día, la cambiamos por pereza o por diversiones inútiles.
También despreciamos el sacerdocio. Hoy que se conmemora la primera unción sacerdotal de la nueva alianza, se siguen odiando a estos hombres que dan su vida por el pueblo de Dios. Se los sigue insultando, denigrando, acusando injustamente e irrespetando. Sacerdotes, hombres de Dios, que con errores y flaquezas quisieron ponerse entre la humanidad y la justicia divina y de los cuales algunos han caído, Dios les tomará cuentas, pero que no se merecen el flajelo del odio público, menos aún, de los que compartimos en el bautismo ese mismo sacerdocio. No son perfectos, es verdad, y que no se callen sus injusticias, pero no con el ánimo de cazarlos sino por un celo auténtico por la Iglesia de Cristo.
Que decir de aquellos que somos traidores de la mesa del Señor. Que compartimos con el, nos llenamos la boca con sus palabras y lo admiramos tan cercanamente, pero en nuestro corazón sólo hay un ánimo de codicia, de soberbia espiritual solapada, de un triunfalismo cristiano que nos lleva a considerar bueno sólo aquello que eleve nuestro nombre, aún entre personas de fe. Nada más ruin que valerse de la inocencia del Redentor para esconder nuestras faltas no admitidas y no arrepentidas, con la presunción de que la etiqueta de "cristianos" nos regale el cielo o nos de la excusa para odiar a mi hermano por no ser tan bueno como yo. “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mi” (Is 29, 13)
No seamos cristianos de mesa, de celebración y de palabras, como Pedro que en la mesa le dijo a Nuestro Señor “te seguiré a donde vayas” y más tarde se volvía en un detractor. Recibirá el perdón por la humildad de reconocer su error, porque la misericordia de Dios son sus hijos no se agota. Incluso Judas hubiera recibido el perdón si en vez de colgarse de un árbol se hubiera colgado de los pies del maestro implorando perdón. Y nosotros, ¿cuánto falta para que lo reconozcamos de corazón?
Esta liturgia lleva una mezcla de gozo y de desolación. No es la alegría de la pascua pero tampoco la tristeza del viernes santo. No es la felicidad acostumbrada de una cena con sus discípulos, pero tampoco es el luto que se apodera de la liturgia el día de mañana.
Acompañemos a Nuestro Señor en esta celebración, que constituye la primera parte del Triduo Pascual, una celebración que inicia hoy jueves santo y culmina en sábado en la noche, conmemoración de la Resurrección.
Acompañemos a Nuestro Señor en esta celebración, que constituye la primera parte del Triduo Pascual, una celebración que inicia hoy jueves santo y culmina en sábado en la noche, conmemoración de la Resurrección.
Se recomienda desde las 5pm la lectura del libro “Las horas de la pasión” de Luisa Picarreta, una revelación privada aprobada por nuestra Iglesia que nos enseña a meditar profundamente estos momentos con Nuestro Señor.
Getsemaní y el monumento
Acabada la cena, en las Iglesias se conmemora la soledad de Nuestro Señor en el huerto de Getsemaní con un monumento al Santísimo Sacramento, donde permanecerá hasta la mañana del viernes. Es un momento de acompañar a Jesús en su dolor y de grandísimos méritos si se visita con devoción: “¿No pueden velar ni siquiera una hora conmigo?” (Mt 26,40) Es la invitación del divino maestro. Un reclamo amoroso.
Durante esta soledad Jesús enfrenta intensamente toda la pasión y anhela nuestra compañía. Es un momento idóneo para reparar nuestras faltas, expresarle también nuestras angustias y darle un consuelo en una humanidad y una sociedad que definitivamente le odia, en el pasado y en el presente.
Cuánto bien le hace al alma propia acompañar la agonía de nuestro Señor. Reconocer en esa angustia nuestra humanidad angustiada sin un sentido de vida, tantas veces atacada por la depresión o la enfermedad. Pero reconocer también en el amor que le sostuvo para decir "(...) que no se haga mi voluntad sino la tuya." (Lc 22,42) Ese amor que es capaz de dar luz sobre nuestras sombras más obscuras y nos hace sentir que aunque hemos podido sentimos abandonados, aún existe quien quiere dar la vida por mi. ¡Oh divina generosidad! ¡Oh corazón que no sufría por el peso de la cruz sino por la indiferencia nuestra ante tan grandiosa muestra de amor!
En el marco de la agonía de Nuestro Señor, la Iglesia nos regala grandes gracias, como lo son las indulgencias plenarias repartidas generosamente durante estos días. El permanecer visitando el Santísimo en el monumento durante treinta minutos nos permitirá, en conjunto con las condiciones habituales obtener una indulgencia plenaria, así como el cantar el himno "Tantum Ergo" durante el traslado de las sagradas especias al monumento (más información).
Adicionalmente, la Iglesia permite y fomenta la devota tradición de la visita a las 7 Iglesias: visitar y rezar frente a 7 diferentes monumentos en diferentes Iglesias conmemorando los lugares que visitó Jesús cuando fue entregado a los sumos sacerdotes.
Adicionalmente, la Iglesia permite y fomenta la devota tradición de la visita a las 7 Iglesias: visitar y rezar frente a 7 diferentes monumentos en diferentes Iglesias conmemorando los lugares que visitó Jesús cuando fue entregado a los sumos sacerdotes.
Incluimos una breve explicación de esta visita, además de la guía de oraciones a realizar en cada Iglesia. En la ciudad de Quito es costumbre realizar esta visita en las Iglesias del centro, las cuales en su mayoría abren las puertas a los peregrinos hasta la media noche.
Seamos parte de esta intensa celebración de nuestra vida cristiana, la más importante del año, desde cualquier lugar que nos encontremos.
No perdamos la oportunidad de vivir intensamente estas celebraciones y de encontrar en ellas la esencia del Sagrado Corazón de nuestro divino Redentor, motor y fundamento de nuestra fe cristiana.

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