Viernes Santo: Jesús crucificado


“Te adoramos oh Cristo, y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo”. Es la oración que más vendrá a nuestra mente al evocar este día de luto.

Recordamos de manera especial cada momento de la pasión, el apresamiento de Nuestro Señor, el injustísimo juicio que recibió, el dolor profundo y el derramamiento de sangre inocente en su flagelación, el desprecio y odio del pueblo a su persona expresado en la predilección al asesino Barrabás, la subida al Monte Calvario, su Crucifixión y agonía, para terminar con la lanzada en el corazón traspasado de un Dios que muere por amor a su criatura…

Dos mil años después de tan sangriento acontecimiento, se sigue escuchando el eco vivo de la multitud deicida: “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!”




Frente al amor de todo en Dios se planta el odio de un mundo que prefiere las tinieblas a la luz, el error ante la verdad y las pasiones ante el orden establecido por Dios. Este mismo grito fue entonado por muchas voces a lo largo de la historia.

“¡Crucifícalo!”, fue el grito del impío Lutero y de quienes se apartaron de la verdadera fe para vivir la vida soberbia y sensual que proponía la pseudo-reforma, terminando por vender los grandes regalos de la fe dada por Dios ante el poder humano más influyente.

“¡Crucifícalo!”, fue también el grito de tantos jacobinos y revolucionarios en la Francia del siglo XIX, que incitados, no por nobles ideales o reivindicaciones de justicia social, sino por un auténtico odio al orden jerárquico de las autoridades civiles y un encarnecido desprecio por la Iglesia católica, iban gritando por las calles y las plazas, con el bajar de cada guillotina, con la matanza a cada inocente, con el martirio de cada sacerdote y religiosa, que en conjunto dejaron la Francia católica, la perla de Europa, hecha una dama ultrajada. No por el ideal de independencia, que bien demostró nuestro ilustre Eugenio Espejo sobre la independencia de nuestro país, puede darse con un respeto absoluto del orden moral establecido por Dios cuando dijo: “Salva cruce, liber esto”: Sean libres a la luz de la cruz. Sino porque esta independencia se redujo a la rebeldía inocua contra la autoridad y contra su misma patria.

“¡Crucifícalo!”, repitieron una y mil veces aquellos nefastos actores y pensadores comunistas y socialistas, cuya enseñanza ha sido condenada tantas veces por la Iglesia. No sólo la crucifixión, sino hasta la negación de Dios mismo (que constituye un pecado más grave que el desprecio a su persona), induciendo a pensar que el hombre se salva por sí mismo, que la sociedad vive de la violencia y mejora con las matanzas, y que la religión, luz de la verdad, de la razón y de la fe, es el adormecimiento del pueblo ignorante. Cuantas vidas se arrebataron por la libertad, por el pueblo y la justicia, como si nuestra Madre la Iglesia se hubiera olvidado de sus hijos pobres, de los marginados y explotados. ¡Menuda mentira! Desde siempre la Iglesia les tuvo predilección.

“¡Crucifícalo!”, el grito impío que está en boca de nuestros gobernantes ecuatorianos y de tantas naciones, que embriagados en el vino amargo de su “diálogo” mentiroso, quieren seguir abusando de sus ciudadanos como si no hubiera sido ya suficiente tantos años de un régimen mentiroso en su esencia.

“¡Crucifícalo!”, y échenlo afuera a ese Jesús de las aulas y de los hospitales. Porque a los niños ya no se les puede enseñar fábulas, porque los enfermos no necesitan distracciones sino morir pronto para dejar libre la camilla.

“¡Crucifícalo!”,  y déjalo fuera de la cultura y de la sociedad, porque ese Jesús ya no puede ser parte del progreso, no hay espacio para el en las redes sociales, en el ritmo acelerado de la vida posmoderna.

“¡Crucifícalo!”, porque Él vino a predicar que el hombre y la mujer son distintos y complementarios y que tiene un plan perfecto para mi aunque yo me sienta diferente en mi cuerpo o en mi mente.

“¡Crucifícalo!”, porque me quiero seguir divirtiendo, porque su predicación sobre el pecado me incomoda y no quiero salir de la mentira en la que vivo, tampoco de mis vicios.

“¡Crucifícalo!”, porque ese hombre habló de pureza y castidad en un mundo donde ya no hay inocencia. Porque no me permite desarrollar mi personalidad en pasiones egoístas y utilitaristas.

“¡Crucifícalo!”, y aléjenlo de mí, para que mis hijos no escuchen que el matrimonio es indisoluble y así no me pregunten por que no vivo ya con mi esposo o con mi esposa.

“¡Crucifícalo!”, y ponlo fuera de mi fe y mi espiritualidad, porque yo me puedo salvar sin sacrificios ni mandamientos, porque el predicó ser el camino al Padre y yo me creo más que él, que no necesito ni de él ni de la Iglesia para conocer a Dios.

“¡Crucifícalo!, ¡Crucifícalo!, ¡Crucifícalo!”  y vamos a divertirnos ignoremos el vacío de nuestras vidas, que esos sufrimientos se apaguen con lujuria o con alcohol, y sigámonos quejando de que la situación es cada vez peor.

Madre Dolorosa, acompáñanos en la meditación de la cruz de tu divino Hijo, durante su muerte y hasta su resurrección, y has llegar a nosotros la gracia del arrepentimiento, como aquel san Dimas que, crucificado a su lado, pidió y recibió el perdón. O como Longinos, que atravesando con su lanza el costado de Cristo, recibió el perdón en pago por su ofensa y enmendó su vida.

El silencio y el luto de estos días nos ayuden a meditar su muerte para resucitar junto con Él.

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