Sobre cajas, matrioshkas y otras cerrazones sin Dios
Imaginemos por un momento una pequeña obra de títeres, donde los asistentes nos colocamos en un cuarto obscuro, sentados en bancas ordenadas de modo que no nos distraigamos. Se abre el telón y la trama comienza a desarrollarse entre animados colores, voces y risas. Trabajemos un poco más el concepto y supongamos que abandonamos las bancas de la realidad y nos sumergimos en ese mundo de fantasía, donde nos colocamos junto a aquellos personajes de ficción y de trapos, compartiendo vidas, sufrimientos y aspiraciones, hasta parecernos más a ellos que ellos a nosotros. Esto es, haciendo que nuestra realidad se diluya y se acople más a su ficción de lo que esa ficción es capaz de abrirse a la realidad. ¿De qué manera? Con sus elementos teatrales, repetidos muchas casi en su totalidad en el teatro, el cine y hasta la televisión: un adecuado juego de colores, la escenografía, el ambiente obscuro, los sonidos y sensaciones, los más nobles sentimientos reflejados en los títeres y actores, ...